Hay un chaval que pertenece a una de las tribus mas pobres del continente africano, llamado Martín. Vive en unas condiciones lamentables, no tienen agua en casa (bueno digo casa por decir algo, una tienda de ramas y telas por donde se cuelan el frío y el calor sin ningún decoro), donde la intimidad es algo desconocido. Cuando es necesaria el agua para cocinar, camina varios kilómetros bajo el sol (ya que de noche es peligroso) y él y sus hermanos juegan a ver quién llega antes a cada duna. La vuelta ya es otra cosa vienen cargados y con cuidado de no derramar nada de ese preciado tesoro.
Sus condiciones de vida (tal como nosotros las conocemos) son terribles... No hay escuela,ni instalaciones sanitarias, medios de transporte, cultivos, comercio y por supuesto sus prioridades son alimentarse y sobrevivir.
A pesar de todo, Martín es feliz. Juega con sus hermanos todo el día.
Hace poco una de sus hermanitas pequeñas murió de una enfermedad desconocida (gastroenteritis). La muerte también es aceptada con la resignación que provoca la frecuencia. Su media de vida son 40 años y la nena que murió ya nació débil, es mejor así...
Martín tiene 11 años, prácticamente un adulto. Su futuro es el mismo de su padre y de sus hermanos mayores, convivir con su familia y conseguir algo de caza, lo suficiente para comer, comerciar con algunas pieles y, sobre todo, como dice su padre, ser un hombre honrado y encontrar una buena mujer con la que formar una familia y contribuir al bien de la comunidad.
Una mañana mientras jugaba con todos los críos apareció a lo lejos una nube de polvo... De ella surgió un Land Rover de esos que veían de vez en cuando.

Del coche, que paró junto a ellos, bajaron cuatro personas blancas. Una mujer muy hermosa, que intentaba vestirse como su madre sin conseguir colocarse el pañuelo correctamente (martín se preguntaba porqué iba disfrazada) Los tres hombres que la acompañaban vestían impecables trajes del Coronel Tapioca, recién planchados y con un olor dulce que llegó hasta ellos en cuanto bajaron del todo terreno.
Uno de ellos, el más joven, hablaba su idioma y les explicó, agachado en cuclillas, que traían excelentes noticias para un niño llamado Martín. ¿Cual de vosotros es Martín? Yo yo, gritó.
Pidió al muchacho hablar con sus padres, y Martín le condujo al final del poblado donde estaban sus padres. El hombre "Tapioca" entró en la tienda y permaneció allí largo rato.
Al salir, Martín vio los ojos enrojecidos de su madre y la sonrisa semiforzada de su padre. Éste le explicó que los señores que estaban allí pertenecían a una Ong (intentó explicarle a chico qué significaba aquello). Martín escuchaba con atención. ¡Guau! pensó ir a España a pasar tres meses, todo el verano.
Mira, dijo el hombre tapioca, aquella señora que está al lado del coche es una mujer muy rica y quiere ayudarte y que aprendas a leer y a escribir. Sabe que tienes problemas con uno de tus ojos. Te comprará una gafas que te permitirán ver mucho mejor.
El viaje en coche hacia el aeropuerto fue emocionante para Martín, que viajaba sin equipaje. La experiencia de volar en esos aviones que tantas veces había visto... Desde el suelo nunca imaginó que fueran tan grandes.
En España encontró el paraíso. Grifos en tu propia habitación de donde surgía agua fría y ¡caliente! con solo girar la manivela. Aurora (que así se llamaba la pobre mujer rica) tuvo que explicarle que la piscina que había en el jardín de la urbanización no era un depósito de agua para cocinar, sino que podía meterse dentro y jugar. También le sorprendió la primera noche durmiendo sobre la mullida alfombra del suelo y cuando le metió en la cama, entre sábanas suaves y perfumadas, el niño creyó estar en el cielo.
Le hicieron unas bonitas gafas de color rojo y descubrió la lectura y la escritura. La televisión y los vídeo juegos le cautivaron. Era tan maravilloso... Martín nunca había sido tan feliz.
Pero llegó Septiembre y Aurora le dijo un día:
- Martín, mañana tenemos que hacer el equipaje para que vuelvas con los tuyos. Nos has hecho muy feliz y esperamos que el próximo verano, si mi marido tiene vacaciones, vengas a visitarnos otra vez.
Martín sintió como una punzada en el estómago. Quería y añoraba muchísimo a sus hermanos y a sus padres... Pero... su vida había cambiado para siempre.
Aquella noche se quitó las gafas y las dejó cuidadosamente sobre la mesilla de noche, se lavó las manos en aquel milagro llamado grifo, y se subió al escritorio, donde estaba la consola de vídeo juegos y el ordenador. La vista era impresionante desde el piso 11, las luces de la ciudad le hipnotizaban y los coches formaban una serpiente interminable en las calles... y entonces abrió la ventana y... saltó. Saltó y voló sobre el paraíso que ya nunca le obligarían a abandonar...

No puedo soportar el egoísmo de algunos "generosos". Pensemos un poco en el daño de mostrar el cielo, a los angelitos del infierno.
Un beso,
(Publiqué esta entrada el 22/10/07, cuando acababa de abrir este blog y nadie entraba a leerme)























































